Historia de Zapala

HISTORIAS DE NUESTRA CIUDAD: DE OFICIO, PELUQUERO. Homenaje a Don Pacheco

El viejo que miraba desde la vidriera mientras el tiempo pasaba, mordía los labios, sabiendo que el reloj de la vida inexorablemente borra todo vestigio de nuestro paso por la tierra. Él tenía una pequeña capsula del tiempo, quería atrapar en un diminuto espacio un poco de recuerdos, cada mobiliario, cada objeto que allí existía era la prueba tangible de que el pasado puede ser tocado, como cuando miramos una foto toda raída y reconocemos en ella a los seres que ya no están, o nos habla de nuestra juventud. Al contarme de su vida perdía la mirada en el horizonte, como buscando en el fondo los recuerdos que lo hicieron más feliz.


En los años que llego a Zapala como soldado conscripto, su juventud y el amor de su vida con el que formo una familia.
“…Si cierro los ojos, hasta puedo oler el pan casero que mi madre hacía en la cocina a leña, allá en La Pampa…” Decía.
Lo último que perdemos son los recuerdos. Ese día que decidió darme esta nota, lo encontré con ánimo de hablar.
Si bien pasaba como cualquier vecino, el saludo de Pacheco no se hacía esperar para levantar la mano con una sonrisa al transeúnte. Un día me dio esa nota que tanto le pedía, aquí fragmento de la entrevista a Don Pacheco.

 

LA NOTA

Abril de 2013
Desde hace 50 años atiende su local en el lado viejo del centro de Zapala, una vieja peluquería, donde el tiempo parece detenido. Pero nada de esto es novedad para el hombre en cuestión. Hace muchos años que lo vive y lo respira, mientras reitera su rutina: todas las mañanas, Rafael Pacheco llega a su peluquería, sobre la calle Olascoaga, levanta la persiana, enciende la radio, prepara las tijeras y la navaja y se sienta a leer el diario mientras apura un mate amargo. Por último, a esperar la llegada del primer cliente.


Desde la vidriera se distingue dos viejos sillones de barbería de antaño. Hay un cliente esperando su turno, Adolfo Müller, que vive desde el 1969 en Zapala, “Las chicas me dicen que me parezco a Jack Nicholson” , dice riéndose Müller, mientras se acomoda en el sillón, comenta “ soy jubilado y marido retirado, bromea” . Mientras Don Pacheco hace su trabajo, Müller le dice “me esta dejando muy lindo Pacheco, las chicas no me van a dejar salir…” entre risas, el corte avanza, mientras sigue comentando Don Pacheco, “soy de La Pampa, tengo 87 años, hoy estoy jubilado, pero no cansado, no me puedo quedar en mi casa, tengo que venir a la peluquería a trabajar” levanta el ceño de la frente, con orgullo sigue relatando, “Aprendí el oficio desde pequeño. Cuando yo era chico y me portaba mal, mis padres de castigo me mandaban a la peluquería del barrio, para que aprendiera un oficio. El peluquero, en aquel tiempo, me hacía lustrar botas, yo en ese entonces tenía 13 años, después de lustrar botas, pasaba a cortar el pelo y a los 16 años ya estaba afeitando con navaja, ahí terminaba mi castigo” sonríe con nostalgia.
“Llegue a Zapala para terminar la colimba y nunca más me fui. Me case y forme una hermosa familia .Tengo dos hijas y cuatro nietos hermosos. “Abrí esta peluquería, porque era lo que sabía hacer, en aquel entonces y nunca más la cerré”. 


Don Pacheco, no lo pensó jamás, pero su figura rompe las fronteras del tiempo. Es el rastro de todas las épocas en una ciudad que esconde bajo la alfombra de la urbanidad pequeños tesoros carentes de prensa y promoción. A semanas de cumplir 100 años nuestra ciudad, esto son, esos tesoros de vida, que también forjaron la historia de este pueblo.
“Por estos viejos sillones de barbería, pasaron muchas celebridades reconocidas de la ciudad, uno de ellos fue nuestro intendente Valentín Eberle, que a pesar de su investidura, se tomaba el tiempo para que le cortara el pelo y así me iba enterando lo que pasaba en aquel tiempo”. Seguía relatando Don Rafael Pacheco. “Este lado que hora es viejo en la ciudad, estaba separado por las vías del tren, calles de tierra y había una especie de calesita para cruzar para este lado, era para que los caballos no se metieran en las vías, ya que el tren iba y venia con pasajeros y cargas pesadas todo el tiempo. Era una ciudad pujante, en constante movimiento. “La pucha si hemos hecho patria, había que aguantarse los vientos que te aislaban por semanas y en invierno las terribles nevadas”. “Aquí en la esquina, donde estaba la confitería el Satélite, atendía Don Fernández junto a su señora, que vendían churros y te daba café. Solía llenarse de turistas que bajaban del tren y por ahí cada tanto alguno se acercaba a cortarse el pelo y afeitarse”.Continuo “A mis 87 años, se me hace muy difícil dejar de venir, mi familia me dicen que lo siga haciendo. Esto es mi vida,…”
Fotos y Nota Dario Martinez


Esta es parte de la entrevista que amablemente don Pacheco nos brindo hace ya unos años. este hombre de trabajo que fue parte de los hombres y mujeres que forjaron las bases de nuestra ciudad decidió partir un 1 de junio de 2017, con este humilde homenaje queremos recordarlo.


 

 

Recordando a Nuestros Héroes: Aquel inolvidable primer avión

Voló a 4.000 metros de altura y aterrizó del otro lado de los Andes.
Pese a la nieve, el 13 de abril de 1918 decidió despegar.
El teniente Luis Candelaria eligió la Zapala para cruzar la cordillera.

POR: HÉCTOR PÉREZ MORANDO

Los rieles habían llegado al paraje Zapala en el entonces territorio del Neuquén el 12 de julio de 1913 y, por rara coincidencia, con aprobación del plano loteo del campo de Ricardo H. Trannack y su donación de terreno para la estación del Ferro Carril Sud. Allí quedó el proyecto ferroviario: llegar a la cordillera y cruzarla hasta territorio trasandino. Nada más que “punta de rieles” hasta el presente con el sueño del trasandino. Caballos y mulas por muchos años y hoy sustituidos por automotores. El lugar neuquino precordillerano que según Félix San Martín significa “Chapad: pantano, atolladero, barro; la muerte. El muerto empantanado” también tuvo la opinión toponomástica de Pablo Groeber, Esteban Erize, Alberto Vúletin, Alfredo R. Burnet-Merlin y hasta de Juan Domingo Perón fue elegido –extrañamente– por un militar y joven piloto argentino para la inicial proeza aérea de hace nada menos que 100 años. Seguidamente la sintética historia. Documentadamente, ignoramos si hubo otro hecho similar anterior. Luis C. (Cenobio) Candelaria había nacido el 29 de octubre de 1892. El Ejército lo tuvo incorporado y siendo teniente de Ingenieros ingresó al IV curso de la Escuela de Aviación Militar que funcionaba en El Palomar, donde inició el aprendizaje en setiembre de 1916, obteniendo el brevet de piloto internacional en septiembre de 1917. Corrían noticias de que el teniente 1º y piloto chileno Dagoberto Godoy planeaba cruzar la cordillera en un monoplano Morane Saulnier y se supo que a la Aduana porteña y con destino a Chile había llegado un avión de esa marca. Fue una incitación, Candelaria proyectó algo similar, para lo cual debía tener autorización. Parece que hizo sondeos ante sus superiores que fueron negativos, proyectándolo por Mendoza. ¿Por qué eligió Zapala para el proyecto de cruce? No hemos encontrado justificación documental, sólo que “resolví entonces aprovechar el permiso, ya conocido por la dirección de la escuela, para trasladarme a Zapala”, diría en su libro LCC. Consiguió la colaboración de la empresa inglesa del Ferro Carril Sud: traslado del avión desarmado, el hangar desmontable, repuestos, combustible y herramientas desde Cañuelas hasta Zapala. Desde El Palomar a dicha población bonaerense llegó volando en el monoplano de origen francés Morane Saulnier, tipo Parasol, de 80 HP que en 1915 donaran damas mendocinas a la Escuela de Aviación Militar. Muy destacada fue la actuación del mecánico Miguel Soriano y los aprendices Juan Valentini y Ramón Jimenez, tanto en el armado como desarme del avión, arreglos y mantenimiento. Sin problemas y viajando en el mismo tren con el avión desarmado, llegaron a Zapala el 5 de abril de 1918 a las 11.30. Durante el viaje trabó amistad con el vecino de Zapala Gabriel Marlats, obteniendo buena información, persona que mucho lo ayudaría con su proyecto. Por la tarde de aquel día eligió “un pequeño espacio de terreno para pista en el linde norte de la población”. Mecánico y ayudantes instalaron el hangar de lona desmontable y con peones contratados se limpió y arregló la pista. El viento comenzó a demostrar su presencia; el mayor problema para los preparativos del cruce cordillerano y para él mismo. “Dos cajones de nafta y uno de ricino” serían el combustible a emplear. La cordillera del Chachil estaba a la vista y constituía el desafío. Los habitantes zapalinos vivían el asombro del pájaro mecánico que imitaría el vuelo de águilas y cóndores tan habituales en la zona, sin imaginar el principal protagonismo que el futuro les incorporaría como testigos para la historia de la aviación en la Patagonia. Armado el avión por Soriano y aprendices ayudantes llegaron los vuelos de prueba. La hélice era de madera argentina, petiribí, construida en los talleres de la Escuela de Aviación y el “rotativo Rhone 80 HP cuyo juego de bielas y pistones también de construcción nacional (Casa Mariscal Hnos) y de los nueve cilindros que tiene en uso el avión, sólo seis le son propios”. En Zapala tuvieron la colaboración de vecinos, entre ellos el nombrado Marlats, Nicolás F. Bosco, Estevez, Miranda, Martín Echeluz, Abdala, Ricardez, Monti y otros. Le ofrecieron banquete y aunque rehuía “toda publicidad” debió aceptarlo y en él hablaron Ricardez, Monti y Miranda contestando Candelaria “con frases elocuentes y muy adecuadas”. Llegó el día. “Los tanques cargados para cuatro horas de vuelo (130 libros de nafta y 36 litros de aceite de ricino” y, además, “en el cajón trasero herramientas para las reparaciones más inmediatas, repuestos indispensables, dos linternas eléctricas grandes con varias pilas de repuesto; gran cantidad de fósforos, un ‘Colt’ y cien tiros; un buen cuchillo de monte, una manta, algunas mudas de ropa interior, pocos víveres, una botella de cognac, algunos elementos de escribir, el famoso mapa de Ludwig, un buen barógrafo registrador en marcha con su cinta barográfica y un pequeño botiquín. Frente al asiento: reloj contador de revoluciones, altímetro y brújula”. No tuvo termómetro. “¿dónde estoy?” El 13 de abril de 1918 surgió la decisión. Había nevado. El aparato estaba en la pista, Candelaria no escuchó consejos de postergar la partida. Probó el motor. Satisfecho. Al oído le dijo a Soriano: “Buscarme en la cordillera”, eran las 15.30. Fueron apareciendo las elevaciones cerro Canzino, su similar Carrere en la cordillera del Chachil, lago Aluminé y cerro Pichilloncolo. Vio el volcán Llaima con “columnas de humo” y luego del cruce cordillerano, ya en Chile, lagos Icalma y Hueyeltue, Sierra Nevada y cordillera de Irrampe. En algunos momentos voló a más de 4.000 metros de altura. Buscó lugar para aterrizar. Divisó un caserío “entre bosques y pequeños charcos de agua”. Comenzó a volar en círculos y decidió el aterrizaje en “terreno que resultó pequeño y limitado por un arroyo barrancoso a la izquierda”, llevándose por delante un corral que “cedió rompiéndose sus maderos y la hélice con estruendo, mientras que el Parasol en obligada acrobacia, se daba vuelta en el aire”. Tuvo suerte: algunos rasguños en las manos y “dolorida la rodilla derecha que le sangraba”. Se hicieron presentes un carabinero y un misionero y estrechó la mano de Eustaquio Astudillo preguntándole donde estaba: “En Cunco, señor”. Desde Zapala, con su primer avión y piloto, la travesía de los Andes se había concretado. Existen otros llamativos detalles que, por el carácter de este escrito, omitimos su relación. Sí, que al regreso a Buenos Aires por tren y desde estación Retiro fue llevado en andas hasta el Círculo Militar donde se lo agasajó. Las más destacadas publicaciones periodísticas del país se refirieron a la hazaña aérea de Luis C. Candelaria, lo mismo que otras como “Flores del Campo” de Viedma que en edición de 18/4/1918 expresaba: “El Paso de los Andes. El sueño de Jorge Newbery acaba de ser realizado. Un teniente de nuestro ejército, Luis C. Candelaria, ha recorrido la ruta estupenda, consumando una hazaña realmente magnífica: la tentativa malograda de varios animosos antecesores. La emocionante aventura produce en todas partes la impresión consiguiente. Se considera que el raid del teniente Candelaria constituye una de las páginas más bellas, si no la más bella, de cuantas han llenado hasta aquí los conquistadores del aire en su noble afán por alzar el dominio del hombre hasta el seno majestuoso de lo inaccesible”. A su pedido, los restos de Candelaria reposan en Zapala. La del primer avión… Bibliografía y fuentes principales: Larra, R. “La conquista aérea”, 1979; Candelaria, L. C.: “Primer cruce”, 1918; Menéndez, J. M. Zapala, Rev. “Aquí nosotros” Nº 9, 1968; diario “La Prensa”, 13/4/86; diario “Río Negro”, 17/4/90 y 15/4/2008; Pérez Morando, H.: “El cóndor”, (“Río Negro”), 1991 y “Cuando la llamaron” (“Río Negro”) 2007; Periódico “Flores del campo”, 1918; Archivo diario “Río Negro”, Biblioteca Patagónica (VECh) y otros (*) Periodista, investigador de historia patagónica